
Dejemos que la duda estrangule las entrañas, dejemos que los miedos jueguen a extraviar nuestro destino y se unan en el vértice inconcluso y sagrado donde cerramos el corazón y abrimos las piernas.
Dejemos que se ahogue el deseo en el vértice donde convergen la ira, la pasión, la incertidumbre y las ganas.
Dejemos que la lumbre se apague y que el calor se marche con la angustia de las horas sin sueño, matemos la locura incipiente que alimenta la ignorancia y ahoguemos la aspereza de la voz que desnuda el verbo.
Caminemos despacio, lentamente, de puntitas... para no pisar nuestra propia sombra, ella nos acompañará hasta el fin de nuestros días.
Regalemos a los pobres de corazón y de alma el amor que nos sobra, para que seamos un poco como ellos y ellos un poco como nosotros.
Devolvamos los recuerdos robados al tiempo, escondamos tras máscaras de hierro, los espejos rotos que llevamos en los ojos.
Traguemos nuestra impúdica lengua que delata lo que el alma oculta, matemos el amor como se mata la semilla recién germinada para que no quede vestigio de los rayos de sol que se posaron algún día sobre nuestras cabezas y que fueron apagados por estos horribles días de lluvia que dejan grandes charcos y que debemos sortear mientras caminamos en las noches desiertas.



